Desarrollo biologico de una persona

EL CRECIMIENTO DEL BEBÉ

A medida que el bebé experimenta necesidades acapara objetos que centra en sí mismo. es incapaz de distinguir entre el objeto y él: su osito de peluche es él.  Cuando el cuerpo de su madre aparece, es el cuerpo de su madre; cuando el cuerpo de su madre desaparece, tiene la experiencia de no ser nada, de encontrarse solo en el mundo.

El niño de pecho fija su atención en sus juguetes, en las otras personas que le rodean.  Va a definirse en relación a los objetos que le faltan.  Los hace desaparecer y reaparecer.  Juega al escondite con lo real, con lo que no es él, con su madre, objeto de deseo por excelencia.  Es capaz de alejarse cada vez más de su madre.  Va a echar a andar, a arriesgarse a lo real, aunque pierda de vista a la madre.  Así se construye una seguridad afectiva interior: no necesita ver a su madre para existir.

Para hacer frente a la inseguridad de su deseo, el recién nacido recurrirá a sus cinco sentidos:

- el oído: el recién nacido tiene necesidad de la voz de su madre para tranquilizarse, de ahí la importancia de que la madre hable mucho con su hijo, incluso a distancia: "Sí, mamá va.  Te ha oído"; "termina la comida"; "no tardaré", etc.
- La vista: el niño quiere ver.  Le encanta mirar, sobre todo a su madre.  Hacia el mes octavo, su sonrisa a todos será exclusiva para su madre.  Cuando no la ve, a la sonrisa sucede el llanto.  Va a comenzar a identificarse con ella.
- El tacto: a los bebés les gustan que los tomen.  El niño tiene la experiencia de la suavidad del tacto de la madre, del padre o de otra persona.  En especial le gusta ser acunado por su madre durante los primeros años.  La piel desempeñará un gran papel en el desarrollo de la seguridad afectiva.  Jamás se acaricia demasiado a un bebé.
- El gusto: las experiencias de placer más significativas para el recién nacido son suscitadas por la satisfacción del hambre.

UNA RELACIÓN DE CALIDAD

La relación madre e hijo durante los dos primeros años ha de ser una relación de calidad.  El niño siente satisfacción ante la calidad de presencia que su madre le ofrece.  La madre debe estar con su hijo.  No ha de hacer dos cosas al mismo tiempo.  Cuando la madre está afectivamente presente con su hijo, él se siente afectivamente colmado por ese contacto personalizado.

Aquí se plantea la situación de un número creciente de mujeres que trabajan fuera del hogar.  Algunas madres intentan permanecer al menos un año después del parto con bebé.  Hoy es más fácil conseguir permisos de maternidad, aunque ello no sea en absoluto un tiempo de vacaciones para la madre.

A algunas mujeres que trabajan les gusta quedarse en casa con el niño, y con frecuencia dejan el hogar con pesar cuando llega el momento de reincorporarse a su empleo.  A otras mujeres, en cambio, que se han habituado a una vida profesional, puede resultarles difícil esta "servidumbre" de hogar.  Se sienten solas, encerradas entre cuatro paredes, marginadas por una sociedad que no progresa en sus políticas pretendidamente familiares: raros permisos al padre, falta de guarderías, frecuente consideración del embarazo como una enfermedad, falta de flexibilidad en los horarios de trabajo, insuficiente reconocimiento por el estado  de la función paterna., a pesar de las desgravaciones fiscales.

Si la madre vuelve a su empleo, deberá enfrentarse con el desafío de ofrecer momentos de calidad a su hijo, estar presente, frecuentemente después  de una jornada abrumadora en el trabajo.  El bebé será más sensible aún a la manera y a la cualidad con que su madre cuide de él a su vuelta.  La presencia de la madre llena afectivamente al hijo, que tiene necesidad de ese contacto personalizado para vivir mejor.
Hacia los quince meses, cuando comienza a hablar, el niño establece una distancia entre él y las cosas. Vive la diferencia.  Accede al intercambio con su madre sin utilizar la visión.  Está cada vez menos cercano  físicamente de su madre.  A la edad de dos años - la fase del "no" -, no quiere ser ya su madre, quiere ser tratado como una persona distinta, que escoge entre querer y no querer.

LA ETAPA DE LOS DOS AÑOS

Hacia los dos años el niño toma conciencia de que existe como persona.  Pasa del "el" al "yo".  Descubre el placer de rehusar y aceptar lo que le piden los adultos.  Realiza la experiencia del poder que le viene del hecho de no depender ya totalmente de su madre.  Es la fase del "no", la edad de la protesta: "quiero hacerlo yo solo".  "No, quiero sentarme al lado de papá".  "Esto me gusta", etc.  Los enfados, las obstinaciones, las desobediencias, son el signo de que el niño quiere ser considerado como una persona mayor.
El problema es que la voluntad del niño está cautiva de su egocentrismo.  Todo está centrado en él; de ahí sus inevitables caprichos.  El niño cree que su voluntad es omnipotente.  De ahí su enfado cuando no es capaz de ponerse el pantalón o de arreglar un juguete roto, cuando sus deseos no son los de los otros.  Penosamente aprende que no todo sucede a medida de sus deseos.  Es incapaz de utilizar su voluntad de poder para controlar sus impulsos y sus emociones.

Pero, ¿cómo saber que el "no" del niño significa la voluntad de ser independiente de la madre o una voluntad de hacer su capricho?  ¿cómo puede la madre llegar a conciliar la voluntad de autonomía de su hijo?  Este dilema puede resolverse decidiendo hacer la santa voluntad del niño o prohibírselo todo, no liberando al niño así. Pero puede resolverse también ayudando al niño a distinguir entre los dos "no"
La madre debe aceptar que su hijo se desprenda de ella; se no será su prisionero, y la relación afectiva con su cónyuge se resentirá.  Debe comprender que el "no" de su hijo no es un rechazo de la relación con ella, sino un rechazo de la dependencia que vive respecto a ella.

¿Cómo ayudar al niño a distinguir entre los dos "no"?.  Ante todo los, padres deben intentar comprender lo que significa el "no" de su hijo: hacer algo sin la madre o hacer su antojo; luego hay que decirle al niño lo que no comprende, ayudándole así a distinguir entre las dos clases de "no".

Un ejemplo ilustra el "no" como antojo.  Cuando tu digas "no" al bañarte, mamá te obligará a hacerlo a pesar de todo.  Está bien que le digas a mamá que no quieres hacerlo, pero mamá lo quiere a pesar de todo.  Si el niño se niega, se le puede prometer una recompensa sin chantajearle, o contradecirle sin castigarle.  Pero si sigue negándose, queda el castigo, sin enfadarse o amenazarle, lo que no es fácil.
Con frecuencia la madre se cansa de repetir siempre lo mismo al niño.  Se enfrenta con él en una lucha por el poder.  Puede sentirse herida y con ganas de vengarse, pegando al niño, por ejemplo, lo que no arregla nada.  ¿Cómo reaccionar entonces? Con el castigo.  Pero ¿Cómo castigar?

De nada sirve actuar siguiendo el primer impulso.  Hay que intentar comprender al niño y prestarle atención.  No hay que desalentarse.  El castigo viene a decir justamente que la madre se interesa por su hijo.  El niño sabe que con el castigo puede perder un bien  importante, que se verá privado de lo que desea (un programa de televisión, una salida, un postre).  He aquí algunas reglas para que un castigo sea eficaz:

- advertir al menos dos veces al niño antes de imponerle el castigo, a fin de que aprenda a dominarse.  Esas advertencias han de hacerse de manera personalizada y con suavidad;
- el castigo debe ser preciso y de corta duración;
- durante el castigo hay que recordarle al niño las razones por las que se le castiga
- el castigo hay que imponerlo en un plazo muy breve;
- el padre ha de permanecer firme, es decir, ha de hacer lo que dice.

El niño llegará a decidir dominarse él mismo porque está seguro de que va a ocurrir como la madre o el padre han dicho.
Cuando más crezca el niño, más se reemplazará el sistema de recompensas y castigos por otro sistema más eficaz: el de las consecuencias lógicas y naturales, que son el resultado directo de sus actos. En lugar de recibir un castigo, sufre las consecuencias de su actitud; por ejemplo si no come a la hora fijada para ese fin, se queda sin comer hasta la comida siguiente.  La consecuencia lógica le ofrece una situación de aprendizaje al niño: "Puedes jugar con las herramientas de papá a condición de que las coloques bien cuando hayas terminado".

Veamos ahora un ejemplo de respeto del "no" del niño.  "Esta mañana le has dicho a mamá que querías hacer tu cama.  Yo estaba contenta.  Pero te has puesto a jugar con tus juguetes.  Mamá quiere ayudarte a ser mayor enseñándote que hay un tiempo para jugar y un tiempo para ayudar.  Mamá sabe que eres capaz de esperar para jugar".
Repitiendo con frecuencia en forma de historias, este irá aprendiendo que las cosas unas veces son agradables y otras penosas.  Llegará a servirse de las cosas como son, en el aquí y el ahora de su vida. Se hará realista, no reaccionando de manera impulsiva y egocéntrica.  Para conseguirlo, el niño necesita la ayuda del adulto; ayuda firme y tierna.

LA FIRMEZA

Cuanto más firme es el adulto, el niño tomará más decisión de dominar su propia impulsividad y egocentrismo.  Pero, ¿de que firmeza hablamos?

Firmeza es que el adulto haga lo que ha anunciado previamente; "Te llevará en el coche después de comer".  Entonces el niño es de una lógica desconcertante ante la realidad del adulto.  El "haz lo que digo" no funciona con él; para él es "haz lo que yo hago".  El adulto es un modelo para el niño; modelo que le ayuda a desarrollar una fuerza interior que domina sus impulsos.

La firmeza es ser capaz de negociar entre las expectativas personales y lo que el niño puede hacer en tal situación: "Veo que intentas arreglar la bicicleta, pero no coges bien el martillo.  Mira cómo lo hago yo".  El niño llega a sentir una seguridad afectiva interior, porque puede fiarse de lo que hace el adulto.
Negociar es todo un arte.  Thomas Gordon ha hecho de la negociación el elemento importante de la comunicación.  Con la negociación se intenta que no haya perdedor, sino que tanto el padre como el hijo ganen.  Se trata de aprender a hablarse respetando las necesidades del adulto y del niño mediante la elección de uno o dos medios que solucionen  el conflicto y satisfagan las necesidades: "No quiero que pongas la música demasiado fuerte.  Vamos a tomarnos dos horas para que escuches  tu música a tu manera.  Después de esas horas, te pones los auriculares".

Cuando el padre permanece firme, el hijo sabe a qué atenerse.  El padre firme invita al hijo a aprender a dominarse.  Mediante la firmeza, el hijo evita la rebeldía.  Para ello es preciso que el hijo esté seguro de que el adulto hace lo que dice y de que vive una relación personalizada con él.  Esta relación afectiva  se vivirá si el adulto es capaz de formular de manera clara y precisa reglas de funcionamiento.

LAS REGLAS DE FUNCIONAMIENTO

Hoy los padres no tienen elección; deben ser buenos organizadores: horarios fijos (para levantarse, para las comidas), espacios que respetar (zonas de juego, sala de televisión, rincón de lectura, habitaciones), distribución de las tareas cuando los niños crecer (ordenar la mesa, hacer la limpieza).  Hay reglas que es posible negociar (no correr por la casa, hacer la cama de tal manera, colocar los juguetes en tal estante); otras, no (estar sentado durante la comida, acostarse a la hora señalada).  De ser  posible, sobre todo cuando los hijos son mayores, hay que decidir en familia las reglas.

Lo importante es formular con claridad las reglas de funcionamiento y prevenir al niño del apoyo que se le va a dar.  Si es posible, dar más elecciones que órdenes.  En lugar de decir: "No toques ese cuadro", decir:"Toma, aquí tienes tu libro".  Evitar las reglas negativas: "No me gusta que juegues en el salón"; será preferible: "Ven, voy a enseñarte los juguetes en tu habitación".  La regla ha de ser concreta; el niño es práctico; ignora la abstracción.  Decir: "Permanece sentado en tu sitio", en vez de : "Sé bueno".  Además hay que repetir al niño la regla que debe observar o tomarlo amablemente por el brazo para indicarle nuestra voluntad de ser obedecido.

Este aprendizaje del respeto de las reglas en casa le permitirá el niño aprender que es capaz de entenderse con varias formas de proceder, con límites de espacio y de tiempo, sin perder el sentimiento de su identidad personal.  Pero es preciso que el adulto intervenga en el comportamiento del niño, no en la imagen.  Juzgar a un niño ("no vales para nada"), despreciarlo ("no eres capaz de vestirte"), censurarle ("por culpa tuya llego tarde"), atribuirle intenciones ("querías pegar a tu hermanita"), no son formas de comprenderlo con firmeza y ternura.  Las intervenciones del adulto pretenden sobre todo que el niño aprenda a ser capaz de esperar antes de expresar sus necesidades físicas afectivas.

APRENDER A ESPERAR

Los momentos de espera permiten al niño utilizar su inteligencia y su voluntad antes de obrar.  Aprende a reflexionar, realizando así las acciones, los gestos y las palabras apropiadas a la situación que vive.  Para aprender a esperar es preciso que el niño practique.

Con la práctica se desarrollan nuevos automatismos en el cerebro del niño.  El adulto debe prever momentos de espera para el niño.  Este aprendizaje se realiza de manera gradual : diez segundos al principio; luego veinte, treinta... Así, esperar veinte segundos antes de comer (quizá sea el tiempo ideal para hacer una oración: la oración pertenece al orden de la espera); elegir de antemano un programa de televisión y esperar unos segundos para sentarse con el niño y hablarle de lo que acaba de hacer; escoger un juguete que el niño ve en un catálogo y comprarlo más tarde; preparar una fiesta, como la de navidad, juntos...

El niño aprenderá a esperar si sabe que va a obtener lo que desea (una comida) cuando ha realizado un esfuerzo , cuando es apoyado por el adulto es un modelo de coherencia para él.  Se puede utilizar el minutero de la cocina para enseñar al niño a esperar.  Esto se convierte en un juego para él y le infunde confianza en sí mismo.

El niño que es capaz de esperar sabe con su inteligencia que va a conseguir el objeto que satisface el deseo.  Con ello la tendencia a reaccionar de forma impulsiva y egocéntrica se irá dominando de manera armoniosa por una parte del cerebro, la parte de la inteligencia y de la voluntad.  Cuando más capaz es un niño de esperar, más consciente es de su deseo de relación afectiva con un adulto.  Esta capacidad de esperar va permitir al niño gustar  cada vez más a cualidad personal relación.

Tomemos un ejemplo: Felipe quiere que su papá arregle su camión; pero este tiene que escribir una carta que ha de salir lo antes posible. "Te arreglaré el camión, pero no ahora mismo.  Puedes esperar un poco.  Sé que es difícil esperar,  te prometo ocuparme de ello cuando haya terminado esta carta.  Tú puedes ayudarme esperando pacientemente,  ello me demostrara que eres fuerte y que entiendes lo que hago".  Felipe espera.  El padre le anima con un mensaje "yo" y con un reflejo: "Quiero que sepas que estoy  orgulloso de ti y que tú puedes estarlo también".

Si el padre hubiera dicho sí inmediatamente a su hijo, hubiera fomentado su egocentrismo.  El padre ha aceptado a Felipe en lo que vivía, y ello hace que Felipe haya sido capaz de esperar.  En virtud de esta experiencia, Felipe sabrá esperar y se sentirá más confiado.  Es el padre, sobre todo, el que le va a dar esta confianza en sí mismo.

LA RELACIÓN PADRE - HIJO

Se ha hablado mucho de la relación madre - hijo, teniendo en cuenta sobre todo que es la primera etapa del desarrollo psicológico de todos los niños.  Sin embargo no hay que descuidar el padre.  La relación afectiva del niño con el padre es la segunda etapa de su desarrollo psicológico.

Hemos visto que con la etapa del "no", el niño pone límites a la relación con su madre.  Como su voluntad es fácilmente presa de su egocentrismo, confunde con su búsqueda de placer.  Pero la madre no satisface todos los caprichos de su hijo.  Este aprende que su voluntad no es omnipotente y que no puede tener a su madre para él solo; su voluntad debe servir para enfrentarse con la realidad.

La madre debe ayudar a su hijo a separarse de ella. Aquí es donde adquiere toda su importancia el papel del padre, o de otra persona, si familia es monoparental.  Todo niño tiene necesidad de la intervención de una tercera persona para conseguir separarse psicológicamente de su madre.  Así es como la madre va a remitir al hijo su padre.  Pero es preciso que este se halle presente física y afectivamente.  El padre va a enseñarle al hijo que existe un límite en la relación de dependencia de la madre.  Va a ofrecerle una alternativa; una relación afectiva de ternura con él.